Cerrad los ojos e imaginad: estáis en un campo verde, con
una extensión de terreno magnifica, miras al frente tienes el mar que ese
expande libremente invadiendo miles de kilómetros. Miras tras tuyo y no ves más
que campo, montañas llenas de verde y un faro blanco a lo lejos. Te encuentras
en un acantilado, del cual si te asomas la sensación de vértigo te recorre articulación
por articulación, comenzando por los pies. La pared de los acantilados son
blancos, y conforme avanzas, su pared se hace cada vez mas y mas blanca. El sol
no asoma, las nubes han invadido el cielo, el viento te roza la cara y un escalofrío
te recorre los brazos hasta las manos. Inspiras profundo, recogiendo hasta la última
bocanada de oxigeno y lo expulsas lentamente, y una sonrisa se asoma en tu
rostro. Estas solo, nadie a la izquierda, nadie a la derecha, nadie detrás ni
al frente, estas completamente solo. Vas andando hacia el borde del acantilado,
y te sientas, dejando que las piernas cuelguen, se sientan libres, sin
necesidad de tocar suelo. Desde ahí ves el mar que no tiene su azul oscuro
intenso, y que se ha teñido de un gris, acompañando al tiempo. Entonces te
pones a pensar en todo, el cerebro se activa y empieza a recordar momentos, a
darle vueltas a las cosas, a enredarse entre el mismo con suposiciones o con
argumentos falsos. Basta. No es momento de pensar, es momento de admirar en el
lugar en el que te encuentras, en lo libre que te sientes. La soledad es algo que
todos necesitamos y que pocos disponemos.
El verano pasado tuve la gran oportunidad de poder admirar algo
así, los acantilados de Dover, y personalmente, me parece el lugar más maravilloso
del planeta. En donde la naturaleza te sorprende de la manera más hermosa que jamás
se ha visto, y, aparte de que estos acantilados se encuentren en Inglaterra que
es un país que por lo sucedido y hablado en anteriores entradas se ha ganado
una parte de mi corazón, los acantilados de Dover son un lugar en donde la libertad
y la soledad abundan y esos momentos que todos buscamos y que pocos
disfrutamos, se pueden hallar ahí. No hace falta irse tan lejos tampoco para
encontrarse tan bien como yo me sentí, porque la libertad que transmitían aquellos
acantilados y la tranquilidad y la paz era digna de admirar, y si todos
nosotros dejáramos por un momento de hacer cosas, y nos fuéramos a dar un paseo
tranquilamente para poder estar solos, nos sentiríamos mucho mejor.


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