miércoles, 21 de noviembre de 2012

Un pequeño momento de libertad.


Cerrad los ojos e imaginad: estáis en un campo verde, con una extensión de terreno magnifica, miras al frente tienes el mar que ese expande libremente invadiendo miles de kilómetros. Miras tras tuyo y no ves más que campo, montañas llenas de verde y un faro blanco a lo lejos. Te encuentras en un acantilado, del cual si te asomas la sensación de vértigo te recorre articulación por articulación, comenzando por los pies. La pared de los acantilados son blancos, y conforme avanzas, su pared se hace cada vez mas y mas blanca. El sol no asoma, las nubes han invadido el cielo, el viento te roza la cara y un escalofrío te recorre los brazos hasta las manos. Inspiras profundo, recogiendo hasta la última bocanada de oxigeno y lo expulsas lentamente, y una sonrisa se asoma en tu rostro. Estas solo, nadie a la izquierda, nadie a la derecha, nadie detrás ni al frente, estas completamente solo. Vas andando hacia el borde del acantilado, y te sientas, dejando que las piernas cuelguen, se sientan libres, sin necesidad de tocar suelo. Desde ahí ves el mar que no tiene su azul oscuro intenso, y que se ha teñido de un gris, acompañando al tiempo. Entonces te pones a pensar en todo, el cerebro se activa y empieza a recordar momentos, a darle vueltas a las cosas, a enredarse entre el mismo con suposiciones o con argumentos falsos. Basta. No es momento de pensar, es momento de admirar en el lugar en el que te encuentras, en lo libre que te sientes. La soledad es algo que todos necesitamos y que pocos disponemos.

El verano pasado tuve la gran oportunidad de poder admirar algo así, los acantilados de Dover, y personalmente, me parece el lugar más maravilloso del planeta. En donde la naturaleza te sorprende de la manera más hermosa que jamás se ha visto, y, aparte de que estos acantilados se encuentren en Inglaterra que es un país que por lo sucedido y hablado en anteriores entradas se ha ganado una parte de mi corazón, los acantilados de Dover son un lugar en donde la libertad y la soledad abundan y esos momentos que todos buscamos y que pocos disfrutamos, se pueden hallar ahí. No hace falta irse tan lejos tampoco para encontrarse tan bien como yo me sentí, porque la libertad que transmitían aquellos acantilados y la tranquilidad y la paz era digna de admirar, y si todos nosotros dejáramos por un momento de hacer cosas, y nos fuéramos a dar un paseo tranquilamente para poder estar solos, nos sentiríamos mucho mejor.

 

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